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 Samboy en busca de la Leyenda Tanháuser

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MensajeTema: Samboy en busca de la Leyenda Tanháuser   Vie Mayo 25, 2012 5:43 am

La leyenda de Tannhäuser

Wagner se había encontrado con el personaje de Klingsor mucho antes de la realización de su Parsifal, justamente en el momento en el que concibe la ópera romántica Tannhäuser, (cuyo esbozo finaliza el 5 de marzo de 1842) en donde unifica diferentes temas de la tradición histórica, legendaria y literaria del medievo alemán: la leyenda del caballero Tannhäuser y el Venusberg, la guerra de los cantores de Wartburg y la historia de Santa Isabel de Hungría; precisamente en estas dos últimas ocupará un lugar importante la figura del mago.



Venusberg. J. Collier Tannhäuser. Codex Manesse
La leyenda del caballero Tannhäuser y su estancia en el Venusberg parece proceder de un antiquísimo tema de la tradición europea (especialmente celta) en el que un mortal se enamora de una diosa o un hada y convive con ella en un paradisíaco Más Allá donde el tiempo no transcurre. Sin embargo, en algún momento, siente nostalgia de su anterior existencia y decide volver al universo mortal, aunque acaba regresando, o queriendo regresar, a las delicias eternas que le ofrece su sobrenatural amante. Podemos rastrear las huellas de esta tradición, entre otros muchos ejemplos, en el famoso lai (cuento en verso) de Lanval de Marie de France, en otros lais anónimos de los siglos XII y XIII como los de Tydorel o Guingamor, así como en la leyenda del héroe irlandés Ossian, llevado por la princesa de las hadas, Niamh la de los Cabellos de Oro, hasta su “Tierra de Promesa”: Tir Nan Og. Pero la leyenda pagana variará considerablemente bajo la influencia del cristianismo que se va a servir de ella para sancionar el amor sensual. Según el ilustre hispanista y buen wagneriano Gaston Paris, hacia mediados del siglo XV (1453), aparece, en Alemania, un largo poema escrito por Hermann von Sachsenheim en el que se describe el Venusberg donde reina, en medio de todos los placeres y una eterna primavera, la diosa del amor junto con su esposo Tannhäuser. De esa misma época data un poema más breve en el que el caballero expresa su arrepentimiento y cuenta cómo el papa Urbano IV le niega el perdón, aunque confía en que éste llegará a través de la Virgen. También a mediados del siglo XV, un pequeño poema dialogado nos presenta a Tannhäuser despidiéndose de Venus y contando con obtener su clemencia gracias a la mediación de Cristo y de María. Pero tendremos que esperar al siglo XVI para que una canción popular haga célebre esta leyenda. A diferencia de las anteriores versiones, en ella se cuenta cómo el Papa supedita el perdón del caballero al momento en el que su seco bastón florezca, por lo que éste regresa derrotado junto a Venus mientras el Sumo Pontífice se condena por haberle negado la esperanza de salvación. Heine traducirá este Volkslied en su Der Tannhäuser. Eine legende (Tannhäuser. Una leyenda) y, muy probablemente, será esta traducción el primer contacto de Wagner con la historia, que también encontró en el relato fantástico de Ludwig Tieck: Der getreue Eckart und der Tannhäuser (El fiel Eckart y Tannhäuser). Tampoco podemos olvidar que, en el siglo XIII, procedente de un lugar indeterminado entre Austria y Baviera, existió un Minnesänger llamado Tannhäuser cuyas canciones eran una extraña mezcla de alegría de vivir y de piedad, de costumbres licenciosas y arrepentimiento, con lo que su figura bien pudo ponerse en relación con la leyenda del Venusberg. Pero otro nombre se añadiría a la tradición: el de Heinrich von Ofterdingen y, con él, el del mago Klingsor.
Wartburg
Sobre un abrupto pico, al noroeste de un bosque, se yergue imponente y cargado de historia el Castillo de Wartburg que fue, durante cuatro siglos, la residencia de los landgraves de Turingia. El más famoso de ellos, Hermann I (1190-1217), reunió allí a los cantores más renombrados de su tiempo, con lo que dio lugar a la leyenda del torneo de Wartburg, recogida en un extraño poema, conocido como Der Wartburgkrieg (La Guerra de Wartburg) y compuesto a mediados del siglo XIII, que reúne dos piezas de distinta procedencia (una oda en honor del landgrave y un enigma) para relatar cómo, a comienzos de ese mismo siglo, los más grandes Minnesänger : Walter von Vogelweide, Wolfram von Eschenbach, Biterolf, Reinmar von Zweter, Heinrich der Schreiber y Heinrich von Ofterdingen, discuten para saber quién es más digno de alabanza: Hermann de Turingia o Leopoldo de Austria; Walter, el campeón del landgrave vencerá a Heinrich, campeón del duque de Austria. En la segunda parte del relato, el mago Klingsor, llegado de Hungría a petición de Heinrich, somete a un enigma a los cantores, pero el piadoso Wolfram vence al hechicero y a su inspirador Nasion, un demonio familiar a su servicio. El fundir los temas del Venusberg y el Torneo de Wartburg se debe a que Heinrich von Ofterdingen fuera, a diferencia de los demás cantores, un desconocido para los eruditos alemanes, lo que provocó todo tipo de conjeturas. Una de ellas (debida al profesor Christian T. L. Lucas) fue la de identificarlo con Tannhäuser. Resultó ser errónea desde el punto de vista científico, pero muy fructífera desde el artístico, como muy bien nos demuestra Wagner que, por cierto, hace llamar Heinrich a su Tannhäuser. Ofterdingen será, también, protagonista de uno de los fantásticos Cuentos de los Hermanos Serapión de E.T.A Hoffmannn: Der Kampf der Sänger (La lucha de los cantores), en que Mathilde, la sobrina del landgrave vive bajo la fascinación de los sensuales cantos de Heinrich hasta que desaparece el influjo de las artes de Klingsor y vuelve al amor de Wolfram. En la novela filosófica e inacabada de Novalis: Heinrich von Ofterdingen, también Klingsohr tendrá un importante pero, esta vez, benéfico papel como maestro en la evolución espiritual del protagonista que va en busca de la Flor Azul que simboliza la Poesía.
El último tema que configura la historia del Tannhäuser de Wagner, y en el que vuelve a surgir la figura de Klingsor (que, si bien adquirirá un cierto protagonismo en Parsifal aquí no será ni mencionado), es el de la leyenda hagiográfica de Santa Isabel de Hungría, identificada, en la ópera, con la figura de Elisabeth, la sobrina del landgrave que redimirá por amor al caballero que osó descender al Venusberg. A mediados del siglo XIII, Theodoricus de Apolda en su Vita S. Elisabethae (Vida de Santa Isabel) relata cómo el Maestro Klingsohr de Transilvania profetizó, contemplando las estrellas, a nuestro ya viejo conocido Hermann I, landgrave de Turingia, el nacimiento de una niña que se casaría con su heredero y llegaría a ser santa. Esa misma noche va a nacer la hija de los reyes de Hungría que, inmediatamente será prometida al hijo mayor del landgrave y, con sólo cuatro años, enviada a la corte de Turingia para ser educada junto a su futuro marido. Como sabemos, en la ópera de Wagner, Elisabeth será la sobrina, no la nuera, del soberano y, por amor a Tannhäuser, librará al caballero de la condena eterna.
Ya hemos visto que Klingsor aparece en numerosas obras de la literatura alemana, tanto medievales como románticas. También Görres se interesará por el misterioso personaje en el famoso prefacio a su edición de Lohengrin que tanto interesó e influyó en Wagner. Pero el referente más directo del mago que aparece al inicio del segundo acto de Parsifal, lo encontraremos en la obra de Wolfram von Eschenbach, precisamente uno de los Minnesänger del torneo de Wartburg en la leyenda y en el Tannhäuser.
La herida de Clinschor
Ya vimos (El Castillo de las Maravillas), que en el Parzival de Eschenbach, Gawan deberá liberar el castillo que habitan cuatro reinas de los maleficios de Clinschor. Cuando el héroe ha culminado su aventura, con la que gana no sólo la fortaleza sino también la mano de Orgeluse de Logroys (como ya vimos, la causante de la herida de Anfortas en el poema alemán), su abuela y madre de Arturo (que Wolfram llama Arnive y es Igraine en relatos como el de Chrétien) le contará la desdichada historia del poderoso nigromante que descendía de Virgilio de Nápoles, un mago tan popular o más que Merlín durante el medievo y que tiene su referente en el autor de la Eneida ya que, al anunciar, en la cuarta égloga de las Bucólicas, un regreso a la Edad de Oro, fue considerado como un profeta y un poderoso hechicero por los autores medievales (la gran popularidad del personaje le llevó, más tarde, a ser el guía de Dante en el Infierno de su Divina Comedia). También encontramos la figura de Virgilio el Mago relacionada con el mito del Grial en Perlesvaus o el alto libro del Grial, donde éste es el constructor y dueño del Castillo Giratorio, equivalente al Castillo de las Maravillas en los poemas de Chrétien y de Wolfram; por lo tanto, los que se nos presentan como parientes en el texto alemán: Virgilio y Clinschor, son, aquí, un mismo personaje. Volviendo a este último relato, vemos que, antes de dedicarse a la magia, el duque de Clinschor había sido un noble caballero de Capua enamorado de Iblis (nombre por el que conocen los musulmanes a Satanás), la bella esposa del rey de Sicilia. Éste, al descubrir una noche a los amantes abrazados, castró al seductor de su mujer que, desde ese momento, aprendería todo tipo de artes mágicas. A causa de la vergüenza que sufría, estaba tan lleno de odio hacia todo que su mayor placer consistía en arrebatar la felicidad a quienes eran más felices, especialmente los más honrados y respetados. Por lo tanto, aun estando bastante cercanas, hay importantes diferencias entre las figuras que crean Wolfram y Wagner. Mientras el Clinschor del poema medieval resulta ser un personaje de muy escasa envergadura dentro la trama, sólo un castrado con ansias de revancha, el Klingsor del Festival Escénico Sacro, al no ser capaz de acceder, a través de la fe, la oración y la caridad, a la pureza que se exige en un custodio del Grial, comete, mediante la automutilación, un crimen contra sí mismo y dedica su existencia a vengarse de los caballeros guiándoles hacia el pecado y la muerte espiritual. Su intención es diabólica: conquistar el más sagrado de los objetos para hacer del Cielo un Infierno. Partiendo de una renuncia muy similar, Klingsor va aún más lejos que Alberich en el Anillo del Nibelungo, otro representante de la nostalgia –o, mejor, la envidia– que lo feo siente por lo bello (según las propias palabras de Wagner, refiriéndose a ambos personajes y que Cosima recogió en su Diario el 2 de marzo de 1878).



En el Teatro de la Colina Verde, el humo azulado de los sahumerios apenas deja entrever la figura de Kundry. Las invocaciones del mago parecen despertarla de un extraño y profundo sueño y, devuelta a su desesperada vigilia, lanza un grito desgarrador.

Bibliografía
Campbell, J; Las máscaras de Dios. Mitología creativa. Madrid, Alianza, 1992.
Ernst, A.; L'art de Richard Wagner, L'Oeuvre poétique. Paris, Plon. 1893.
Eschenbach, W. von; Parzival. Madrid, Siruela, 1999.
Paris, G.; “La légende du Tannhäuser » in Légendes du moyen Age ; Paris, Hachette, 1904.
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